# El instructor de sueños

Richard Killen, Moneky's Revenge

 I
Un simio gigante que conduce una pequeña máquina, a la distancia avisora a un pequeño hombre, justo en medio de un camino circular. El vehículo se detiene a la señal del hombre y éste le pregunta:


– ¿Disculpe usted, conoce el camino a felicidad? Unos diminutos hombres del futuro me dijeron que caminara de frente y que pronto llegaría, pero ya he dado muchas vueltas. Por más de 30 años he recorrido el mismo camino, incontables veces que ya he perdido la cuenta y siempre retorno al mismo lugar. Justo aquí, donde nací: el pueblo nostalgia.Pero ahora lo encuentro vacío.
El Simio, con la franqueza que caracteriza a su naturaleza, se anticipa:
– Primero dígame usted ¿Cómo le va en la vida?
– ¡Bien! Aunque las cosas en este pueblo van de mal en peor.- Contestó el hombre.
El simio meditó y le advirtió:
– Es posible que no le guste mi respuesta y no me lo tome a mal, a sí que dígame ¿Qué sueña usted?
– ¿Cómo que qué sueño? Sólo le estoy pidiendo que me indique cuál es el camino al pueblo de felicidad.
– Dígame ahora usted ¿quién es usted? ¿a que se dedica?- Replicó el hombre.
– Yo soy el más pequeño de mi especie. Habito en un lugar que los de tuyos llaman felicidad, aunque nosotros preferimos llamarle naturaleza. Yo siempre he soñado con conocer tu raza, hablar su lengua y conocer el pueblo nostalgia. Siempre creímos que los hombres eran muy grandes de tamaño, pero ahora que te miro me pareces muy pequeño. Una vez conocí a uno de tu especie, vaya que si es bastante grande. Es el más alto entre todos los seres. Se llamaba Zaratu…, bueno en realidad, todavía vive. De repente de la nada llegó a vivir a nuestra comunidad. Desde entonces renunció a su nombre y no habla. Solo dibuja sobre delgadas superficies de madera en un idioma que no conocemos. Por eso, siempre he soñado vivirlos, para poder conversar con el; saber que es lo que pasa por su mente. Desde hace algún tiempo sabemos que ha estado triste y se ha ido haciendo cada vez más pequeño. Dicen que pronto nos abandonará.
– Ahora que lo dices, todo tiene sentido- Confirmó el hombre.
– Pues yo soy maestro. Sueño con cambiar la manera de pensar de los hombres. Pero los conflictos entre los pueblos nostalgia e indiferencia me obligaron a migrar. Algún tiempo viví en el pueblo Academia, pero ya no es lo que era antes. Está habitada por monjes humanistas que no hacen más que parlotear todo el día y ven el mundo con tanta indiferencia que su cuidad es helada; todo el tiempo nieva. Yo fuí expulsado de su comunidad por por desear el sol y la calidez del exterior, por no creer en ellos. Ni una palabra más.- Continuó el hombrecito.
– Desde entonces he perdido toda esperanza, por eso me dirijo a donde felicidad. Pienso yo que en ese lugar me será posible encontrar la esperanza de una vida nueva.
El simio postró una mirada profunda sobre el enano de modo muy incisivo; quizá, con la misma indagación cósmica que un viejo mira a los ojos a un ser amado mucho más joven antes de morir.
Sabiendo que su tiempo en ese sueño está por expirar. El simio sin dar alguna explicación, le dijo al pequeño hombrecito:
– Camina de regreso hacia el pasado, a las memorias más preciadas de tu infancia y en tu camino encontraras tu destino: felicidad.
El simio hecho a andar su locomotora y de pronto comenzó a volar hasta desaparecer, nunca se supo si su figura se desvaneció de la vista del hombre o del espacio que cohabitaron. Tal vez siempre ha estado allí, sin saberlo los demás. Los simios son seres muy intrépidos.

II

El hombrecito convencido de la sinceridad en la respuesta de su espontáneo amigo, se sintió libre al fin. Corrió y corrió como un niño, al mismo tiempo en que se hacía cada vez más pequeño.
de pronto tropezó con un gigante árbol que, súbitamente reconoció, ya había habitado su camino.
– Que curioso, juraría que este árbol era un arbusto. Yo mismo lo sembré cuando niño.- Pensó para sí.
De pronto, una voz que se proyectaba desde los cielos, cimbró la tierra:
– Siempre he soñado con volar y ser libre, pero como no tengo alas, decidí crecer y ser tan alto que algún día podría tocar el cielo y ver todo el mundo postrado sobre mis raíces. Tú me creaste y ahora te miro a mis pies. Come de mis frutos, te estaré agradecido todo este sueño-
El árbol había llamado al enano, soltando coloridos frutos desde lo alto.
Mientras el hombre meditaba, con el fruto en la mano, la respuesta a un nuevo destino, dos hombrecitos diminutos pero de apariencia muy vieja, le preguntaron al unísono:
– Disculpe ¿Podría usted, buen amigo, indicarnos el camino a felicidad? Venimos de un pequeño pueblo llamado Academia y estamos exhaustos. No hemos amado en muchos años. En el camino un simio volador nos dijo que un hombre de muy alta estatura en el lecho de un árbol gigante nos instruiría y aquí están usted y el árbol- Expusieron los canosos al tiempo en que el hombrecito trepaba el árbol hasta alcanzar una rama sobre la cual se recostó con la intención de soñar, para poder despertar.
– …Primero díganme ¿Qué sueñan ustedes?.

Fin
Xaus Kahal®

Nota: Este es un relato sobre la instrucción humana inspirado en el giro atropotécnico como respuesta al humanismo fallido.

© Derechos de autor reservados.

Richard Killen, Monkey’s Revenge, 1985

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