# Jagüeyes

Dark Three

 

I

Los habitantes de la pequeña comunidad de Mejía estaban  confundidos. Habían conocido el miedo por primera vez en más de 11 generaciones. La noticia fluía con la misma naturalidad que las aguas rápidas e intempestivas de los ríos colorados que partían, justo a la mitad, a esta congregación de hombres ariscos y violentos, de la inocencia del mundo exterior.

Se sabía que los pobladores más jóvenes e intrépidos abandonaron la aldea ante la idea de que el fin de mundo se acercaba. Incluso, la misteriosa voz de un enano, del que todo mundo hablaba pero nadie conocía, se proyectaba desde el horizonte. El secreto exhalado era arrastrado por la marea roja hacia los bordes de la tierra. Cándida ante su encanto, le introducía con la suavidad de una madre hasta internarse en el corazón del pueblo. Su aliento trasparaba intermitentemente todo a su paso. La tintura púrpuras de las aguas, las infértiles tierras mancilladas, las conciencias de sus pequeños huéspedes; todo recobraba su sentido, aunque fuera de manera fugaz. Pero esto era percibido más como un síntoma de la locura del mundo exterior que de la lucidez del interior. Los vientos sonoros se descodificaban sólo ante la memoria arquetípica de unos cuantos bravos. A su paso, el lenguaje se abría a lo siguiente:

…Por eso digo hermanos que el tiempo es corto; resta, pues, que los que tienen esposa sean como si no lo tuviesen;
Y los que lloran como si no llorasen y los que se alegran como si no se alegrasen; y los que compran como si no poseyesen;
Y los que hacen uso del mundo, como los que no abusan de él;
Por que la apariencia de este mundo pasa…

Quien lo presenciara sabría que éste es un acontecimiento de fuerza insuperable. Se trataba de una incitación a pensar el acontecimiento, la ruptura, a crear valor desde un nuevo tiempo, una revolución; pero la fe de estos pequeños seres estaba muy menguada. Ya no había certeza, nada se esperaba. Los viejos conquistadores les habían entrenado bien.

II

La promesa de un nuevo tiempo había quedado detrás; su semilla sepultada bajo el consejo de ancianos que, desde hace tiempo, había decidido, cobardemente, cambiar el curso de su propia naturaleza y negarse a la belleza del mundo. Porque desde el momento en que llegaron los nuevos pobladores los menores vieron en ellos una fuerza que les superaba. Supieron muy bien, desde el principio, que el soberano es quien decide sobre la excepción y los Juagüeyes estaban hechos para esto: gobernar.
Antes de su arribo a Mejía, las reglas de su progenitora habían sido inviolables: la inocencia y la felicidad eran una misma, los seres se ofrendaban a la vida productiva. No había más nomos que el de la tierra y este se recibía en una armoniosa relación con el mundo exterior. Los seres vivos se entregaban a la naturaleza en animosidad curiosa bajo una nobleza tan bella que la amistad no conocía enemigos.
Pero las cosas habían cambiado tiempo atrás. Los excéntricos Jagüeyes, de acuerdo al mito, habían encontrado alguna fórmula para incrementar su tamaño y su fuerza por encima de los demás. Su aspecto tenía en sí mucho de legendario. Su origen mismo, era desconocido. Pero eran éstos de un talante físico nunca antes visto: su forma asemejaba el cuerpo de un lobo y su cabeza a la de un hombre, pero eran éstos de otra especie. Seres de muy alta estatura, de abundante melena, de una belleza exterior seductora pero de un interior oscuro e impenetrable; no se sabía si por su hermetismo y vacuidad o por suerte del dolor que habitaba en su interior.
Por sobre todo, tres cualidades les distinguían… Ahora les contaré: La primera de éstas, su fuerza, incontrolable, no habitual. Eran auténticos conquistadores de un mundo nuevo, portentosamente pasionales, su deseo no conocía limites, su violencia era desmedida y nunca proporcional. De esta dependía la segunda, su ambición. Su empresa conquistadora les seducía desde muy temprana edad. Los guerreros soñaban con conquistar el mundo o morir de la manera más digna, en combate. ¿De qué otro modo podrían vivir o morir? Conocían lo imaginal más no la idea. Sus sueños, podían ser revelados al tacto prolongado con los varones de su misma especie, por eso guardaban cierta distancia entre sí con una disciplina militar inquebrantable. Pero en el fondo lo deseaban todo, su ambición los había llevado a desarrollar energías retóricas para seducir a sus pares con ornamentos y voces accesorias. Detrás de esto, no había más propósito que el de consumar su poder en la aldea por medio del engaño. Así, habían desarrollado la política y desde ésta, una comunidad en la que se representaba el nuevo nomos de los conquistadores por medio de instituciones inamovibles, como una forma de postergar lo inevitable, interrumpir el mayor tiempo posible la guerra permanente, el estado sin Estado.

  • ¡Siempre habrá un soberano! Acordaron en algún punto.

Se dice que, en el principio de éste violento contrato, el primer soberano le dijo a su príncipe heredero poco antes de morir:

  • Los cielos no pueden tolerar más de un sol. Dos pares nunca podrán compartir el mismo trono, la misma esposa, la misma cama…

En cambio, los inferiores nunca les preocuparon, por que bien sabían que a los menores podrían conquistarles por la fuerza de su misma gravedad y con la ejecución de sus leyes antinaturales. Para ellos, su relación con el mundo exterior se basaba en el principio de instauración mítica del derecho, en el que el derecho se hacía violencia y la violencia se hacía derecho a su voluntad. Un verdadero ecocidio. En ello se revelaba su tercer atributo. Eran los Jagüeyes de una naturaleza destructiva y traicionera. De alma empequeñecida, de un interior conflictivo, complejos, sin lírica, sin estética, sin ética. Nunca amaron a Sofía.

Como un rito de iniciación, al nacer éstos de rodillas, torcidos e inmóviles, eran abandonadas por sus madres en la hondura de algún inhóspito lugar, expuestos al designio de la naturaleza, solicitando el auxilio de algún ser vivo a su paso para luego asesinarlo. Desde entonces entendían que su esencia dependía de una animosidad violenta que se alimentaba de la debilidad de su víctima, para sobrevivir y extender su poder. El amor y la generosidad natural les resultaban una práctica aberrante que tendría que ser exterminada. Así a lo largo de sus vidas sentían, a manera de instinto, el impulso de apoyarse en otros seres para crecer, pero siempre terminaban por traicionarlos.

Hacía tiempo ya que los pequeños habitantes de Mejía habían olvidado la naturaleza del bien, o al menos la ocultaban para protegerse. Sus gobernantes les habían obligado a practicar el mal más allá de una distinción utilitaria rebosando en lo perverso. Los hombres nunca habían conocido la mesura, todo lo exterior era extremadamente bueno y lo que habitaba su aldea extremadamente malo, pero esto ya lo habían olvidado también.

Cada mañana, a manera de ritual, la voz del soberano abrazaba la aldea en una helada cósmica:

  • Que el justo florezca, que el terror reine, que la tiranía y la muerte gobiernen… Que el Juagüey ascienda a su trono pisando sobre cadáveres sangrientos.

III

Pero esta mañana fue diferente, la voz del soberano enmudeció, su cabeza había sido decapitada mientras dormía. Ahora, el cuerpo estaba con el rey más el rey ya no estuvo con el cuerpo… Era difícil saber si el robusto cuerpo del Estado sobreviviría a esta nueva guerra. Sorpresivamente había ingresado a la aldea un segundo enemigo, Jagüeyes de una nueva generación. Eran estos de una talante mucho más torcida, con el corazón más podrido que los otros. Su forma asemejaba la de un hombre pero su cabeza a la de un lobo, pero eran éstos de otra especie, semejante a los primeros Jagüeyes pero de modo invertido; Los primeros eran soberanos estos forajidos. Aunque debo advertir su naturaleza y sus tres atributos eran uno y lo mismo. Sus cánticos marciales lo decían todo:

  • ¡Quemaremos, romperemos, destajaremos a todo el que nos ofenda. Su sangre es nuestro sacrificio y la ofensa nuestra pasión!

Pronto se supo que gustaban éstos de seducir a sus víctimas con sustancias adictivas, muy destructivas. Que se alimentaban de ese placer anti-natural. Los menores que ya no albergaban esperanza alguna, sucumbían ante el encanto de una realidad efímera, aberrante, oculta. Ninguno de ellos esperaba el hermano dolor que ambiciosamente consumiría la brevedad de sus vidas… Uno a otro, los más frágiles sucumbieron y nunca más conocieron su naturaleza. Ya no había mundo interior que sustentara la belleza, la bondad, la verdad.

El mal se radicalizó, el pueblo estaba ahora dividido. Todo era corrupto. Eran todos enemigos, se estaba con el gobierno o con los forajidos, en esto radicaba el concepto de lo político, hasta que, trágicamente ya no hubo más libertad en ello. A los seres no les quedaba más que escoger entre morir bajo un bando u otro. Estaban cercados. Aunque es cierto, unos cuantos, seducidos por la voz del enano que purificaba las mareas y las conciencias, bien lograron escapar por un pequeño laberinto introducido en sus memorias por el mensaje eólico. Alguno dijo, antes de partir, que éste subyace en el corazón del pueblo, pero nadie sabía dónde estaba este en realidad. Pero esto no tiene importancia, para la mayoría fue demasiado tarde, había comenzado la guerra. La naturaleza a su alrededor les había abandonado, pronto todo era marchito.

La profecía nunca se cumplió, el héroe de los menores nunca se reveló. Porque como sabrán ustedes, ese personaje debe de ser la perfecta encarnación de las virtudes del ser, que afligido por el desamparo de los amigos sobrepone su magnanimidad en toda las circunstancias y con su coraje se sobrepone al dolor para rescatar al mundo. Pero ya no había más amistad, virtud, magnaminidad ni coraje en los menores. Su signo se había empobrecido.

IV

Habían pasado más de 200 años desde lo que alguna vez figuró como una guerra sin fin. La medrosa imagen de la aldea había sido arrebatada de la conciencia natural de los seres exteriores. Todo a su paso, había sido devastado. Todo vestigio de Mejía resultaba ilegible, su nombre era ya una idea inaudita sin resonancia natural ni magnetismo artificial. Su época desconocida a sus nuevos vecinos. Luego se supo que, cuando la guerra estaba en su máximo esplendor, los intempestivos colorados, enviciados por sus propiedades sulfúricas, se habían encargado de desbordar la ira de la naturaleza de modo muy original. Habían hecho la revolución a su manera. Sin la mano del hombre, la progenitora se había encargado de ofrecerles a todas las especies ya envilecidas, su propia liberación. El tiempo había llegado a su fin.

Lo que también se transparentó después es que la naturaleza había preparado el terreno para una nueva generación. Las aguas, habiendo cumplido su labor purificadora, retrocedieron y se apaciguaron. Toda la maldad que alguna vez habitó el lugar fue envuelta en su propia maleza y succionada por la misma progenitora. El sacrificio había sido aceptado. Los pastos reverdecieron, nuevos árboles florecieron, frutos y nuevas e inocentes especies, se entregaron sin cálculo o utilidad a una nueva belleza. La puerta por la que entraría un pequeño mesías se había abierto con más fuerza que nunca, porque ya no había más un mundo de distinciones…

Pero justo en el momento en que las especies pensaron que la naturaleza habría triunfado sobre los Jagüeyes, una comunidad de hombres pequeños, inocentes y amorosos, entraron al hermoso hábitat y seducidos por él, cometieron el error de nombrarlo, de apropiarlo y un nuevo gobierno se creó. Y el pequeño mesías decidió mirar hacia el futuro.

FIN

Xaus Kahal ®

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Imagen, Dalbit-Moonshine, Lee, Jae Sam, Korea Gallerie Art Museum

 

 

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