# El Artista: la insuficiencia

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En plena aventura desde la serenidad de los cielos, la luz del oriente se postra con calidez maternal sobre una pequeña ventana. Su resplandor se contiene de toda entrada triunfal al reposar sobre carcomidos dinteles de yeso y se asoma con animosidad exploradora. Vestigios de un tiempo viejo que no conoció la grandeza cortesana anticipan la austeridad que este espacio resguarda para ella. Pero es justamente en este medio de pobreza que la luz se sabe con libertad. Es dominada por un deseo de posesión tan puro que no conoce la idea de la forma. Un deseo sin reserva, porque sólo hay en él el fulgor de habitar, de vivir sin reducciones. No hay frente a ella objeto que le contenga, salvo la silueta de un brazo parco recargado sobre el gastado marco que, a su contacto, no presenta resistencia a la delicada caricia solar.

Su trayectoria ha sido interrumpida, el brazo es ahora un canal que conduce las olas luminosas a su encuentro con el cuerpo de un hombre joven. El bulto sostiene una cabeza y al iluminarla con calidez, ésta le arranca una sonrisa dede cielo. La luz se refracta en él y sucumbe ante su imagen, de la que presupone le aguarda algún misterio. Hay en ella insuficiencia, el espacio le parece ahora incompleto. Pues es solamente la imagen de un fragmento ya que a ésta le completa la idea y a la idea, la práctica de un ser. Y el fragmento se completa de la siguiente manera:

Es la imagen de la insuficiencia, justo en el medio entre la pobreza y la plenitud. Da su figura la apariencia de una frágil juventud. Su aspecto pálido, desgastado, expresa un vigor consumido, venido a menos por suerte de un acto infligido a causa del olvido de sus semejanza, tanto como por la propia naturaleza de un ser afligido por la enfermedad. La luz que lo rodea sabe que ésta es el precio que se paga por la genialidad y lo sabe bien, pues su rostro esconde algo más. En este pequeño contorno confluyen una constelación de cosas. El sosiego y la serenidad se funden en él para relatar su verdadera grandeza: la del espíritu. Una que se contradice con el aspecto raquítico de su cuerpo y el dolor físico que le victimiza. Son sus ojos los que tienen algo especial. Éstos relatan una hondura en la que todo se hace ley, donde el deseo se sabe nomos.

El hombre, sentado sobre una silla frágil, se postra sobre una tabla raza que improvisa las veces de una mesa. Cual enamorado distraído, contempla delante de sí una imagen de insuficiencia compuesta por un pequeño trozo de pan, una cebolla y un vaso de vino. Y es en su forma de mirar que el hombre entra en sí, donde la imagen se hace idea y ya en él se revela para ti. El hombre ha abierto su humanidad a la soledad interior, pues en ella radica el comprender. La escasez que le rodea es a la vez el recuerdo de una grandeza interior no correspondida. Es la imagen de lo incompleto. El alimento que se le entrega a cuenta gotas es una mínima interrupción a la continuación del ayuno del día anterior; es refuerzo de la precariedad de un mundo exterior que se resiste a la idea de un artista, a su locura, a su saber, a su candidez, a su práctica amorosa. Es la no posesión lo que se presenta frente a él.

Pero el artista lo sabe y la repetición de esta escena, es un acontecimiento de mucho valor para su vida. De manera ritual, observa el alimento con distancia, una vez más, hasta ver en él el pasado que le acecha, al futuro que se le niega. No hay lagrimas sobre su rostro más si bañan su alma y ya en el punto más alto de su soledad se plantea una pregunta extraída del prologo del Quijote en la que se resumen los objetos de su miedo y de su fascinación:

“¿De qué modo pensáis llenar el vació de mi temor y reducir a la claridad el caos de mi confusión?”

El entiende que solamente desde de esta manera llegará a abrazar su destino con una determinación tan fuerte que transformará su actividad en anhelo. Si la esfera exterior es para él un mundo de distancias, precario, ajeno, que le obliga a resguardar su natural condición; sabe el joven artista que la vacuidad de este mundo tiene que ser invertida por medio de la producción de un mundo interior de incomparables riquezas. Para crearse a sí mismo, engrandecer su lugar en el mundo. Calar su arte con incandescencia, y abandonarse en un nuevo mundo hasta cambiar su vida. Por que no hay más deseo en él que, la luz que le habita en el interior centelle hasta fundirse en una con su gemela exterior y formar un sol; aunque sea de modo intermitente. Hasta que la oscuridad del mundo exterior lo azote a la áspera costa de la realidad a título de insuficiencia, como un presentimiento que cambia y le acecha sin cesar con el celo de una amante despechada.

FIN

Xaus Kahal®
© Derechos de autor reservados. Se prohibe la reproducción total o parcial de los contenidos escritos de esta obra sin la autorización
Ilustración: Michaël Borremans: Eating the Bread

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