# El festín

Remedios Salas Trujillos, Gente Saliendo del Fuego, 2007

Remedios Salas Trujillos, Gente Saliendo del Fuego, 2007

Después de leer que Platón dijo que el precio de desentenderse de la política es ser gobernados por una horda de imbéciles, Nietzsche cerró el libro, se zurró sobre él y le prendió fuego; los gigantes se acercaron, rodearon la fogata y celebraron. El Festín había comenzado, cuando llegaron los pequeños hombres, mediocres todos ellos a interrumpir con llantos y lamentos; más uno de ellos manifestó su deseo por aprender de los mejores… Y el gigante reconoció con que ligereza es posible fustigar al hombre, haciéndolo renunciar a su comodidad y accedió a dialogar con él…

Una de las máximas de la inteligencia mínima humana, obliga a todos los que nos proponemos a demostrar la verdad del conocimiento, a obrar con capacidad argumentativa (epistemológíca) por encima de la copiosa voluntad (de la doxa) de la mayoría.

A propósito de la helade electoral mexicana, comenzaré así por depreciar el infantil y falaz argumento de que el voto es un derecho y una obligación. En primera instancia, cualquier politólogo o jurista sensato -y académicamente preparado, podría reparar en el monumental error de confundir la libertad de construir el sentido político de nuestra Polis con el ejercicio del voto, como aquello que nutre esencialmente el sentido de la democracia contemporánea. El voto, simplificando sus contenidos políticos, es fundamentalmente un “reconocimiento”, constitucionalmente inequívoco, que se construye desde un principio de equidad y desde el cual se concede a cada ciudadano el derecho político de ejercer su soberanía sobre la elección del destino político de su comunidad. Desde una perspectiva jurídica, podríamos pensar el derecho al voto como el “ejercicio” de una “libertad negativa”, es decir, que existe y se reconoce como una capacidad inherente a la condición de la persona, indistintamente del contexto que se presenta para el individuo. Esta libertad difiere de la tesis del derecho positivo y “autonómico” que recurre a la necesidad de una circunstancia específica para habilitar el reconocimiento de un derecho determinado. Es decir, si un individuo es detenido por X o Y circunstancias, tiene derecho a solicitar un abogado y a un conjunto de garantías que conformarían un debido proceso. pero cuanto hablamos del voto hablamos de algo más. En oposición, la habilitación de una libertad negativa, como en toda democracia liberal, consiste en un ejercicio libre y “heteronómico” que depende del valor que cada individuo otorga a esta libertad como una capacidad de elección, y últimamente de decisión sobre su destino político. Por lo tanto, una libertad negativa, en toda su pureza lógica, no puede constituir una obligación ciudadana imputada por él mismo; no hay X circunstancias que condicionen, determinen u obliguen la facultad de un individuo de ejercer o no su decisión de elegir a sus representantes políticos. Resulta ilógico, por tanto, toda relación del voto como obligación.

Con respecto a la crítica del abstencionismo electoral. Para quienes desean invalidar el reconocimiento de una gran parte de los ciudadanos de no votar, al sugerir que siempre es y será mejor anular su voto, señalo que, como una persona que estudia y comprende significativamente el diseño de nuestro sistema político-electoral y de nuestras formas de democracia, respeto profundamente la decisión de muchos mexicanos de ejercer su incuestionable libertad política más esencial; sin embargo, disiento abiertamente de la idea vulgar de reducir el ejercicio democrático a la participación en las urnas. En mi opinión, la calidad de una democracia no debe medirse únicamente por el carácter positivo, tradicionalmente identificado en sus espectros representativos, deliberativos y participativos. No olvidemos que dos de las tesis más elementales del poder, que seguramente todo niño romano supo, es que éste nunca se comparte, simplemente coexiste y que el conflicto es el principal indicador de la forma que adquieren los grupos que lo disputan. Pues como sugiere la metodología de Marx, el secreto no está en el fondo sino en la forma. En este sentido, los estudios post-liberales y post-democráticos, sugieren que el carácter negativo de los tres espectros mencionados, debe ser evaluado también por el ejercicio de prácticas negativas como el desacuerdo, siendo el abstencionismo una de éstas y desde las cuales es posible construir un sistema de valores críticos para la construcción de una mejor Polis y por tanto, en el tema que nos aqueja, una democracia más fiable y efectiva. Para quien no lo sepa, la práctica del abstencionismo, es el resultado de un juicio de valor, de un “no reconocimiento” de las “prácticas hegemónicas” (pienso en Gramsci) de la clase política dominante. Ya Hegel había anticipado el devenir como lo que surge a partir de su propia contradicción. Traducido al caso mexicano, esta virtuosa posición puede interpretarse como un disentimiento de la legitimidad del sistema político electoral desde la que se sustenta el fallido simulacro de la democracia mexicana, pero que como posición de negación al sistema político, su existencia es negada por éste.

Para precisar la veracidad de estas perspectivas, para quien tenga tiempo de nadar en un vasto océano, las lecciones históricas de mentes notables como Ranciere, Walter Benjamin, George Bataille, Giorgio Agamben, apuntan a mirar con otros ojos la práctica democrática desde el desacuerdo, la excepción, la nuda vida, y la acefalidad como símbolos de sustracción de la vida política frente al problema de la violencia del dominio político. Y la abstención es justamente un ejercicio de auto-plastía, bastante notorio de sustracción de esta vida política. Se trata de un resto indivisible que por sí mismo debería ser admirado por su capacidad de resistencia. Este silencio es justamente otra forma de hacer política, otra forma de ser contado, tanto por medio del ejercicio de nuestra voz animal como indicador del dolor que nos produce la quimera de nuestro sistema político, como por medio del lenguaje de la negación. (Y aquí, lo siento mucho pero estoy charlando con Aristóteles y Hegel no contigo). El ejercicio de lo político no se limita a la relación ciudadana dentro del espacio público de las instituciones; se expresa, en todo momento, desde el incontenible acontecimiento (entre Zizek y Heidegger) de lo que es capaz de cambiar nuestra percepción de la realidad. El Acontecimiento es ese nuevo mundo donde aparecen todas las entidades. Por lo tanto, su calidad política no puede ni debe negar alguno de sus componentes, pues la catástrofe ya está dada en el hecho mismo que le precede. Negar esta condición de negatividad y contradicción, es evadir la condición política del ser y de sus formas de relación, donde la democracia es solamente una de ellas.

Ernst Bloch se encargó de postular que lo que es no puede ser, y en este caso se procede a su confirmación. Como un pequeño recordatorio, en países de avanzada democrática como Inglaterra, los tradicionales indices de abstencionismo han marcado virajes históricos a los partidos en el poder. Se cuestiona seriamente la legitimidad de los grupos dominantes; sirviendo este no reconocimiento como un elemento nutritivo para la edificación de mejores prácticas democráticas -(para quien le interese, encontrará estas históricamente documentadas). En tanto, votaciones masivas conducidas desde el carisma, han facilitado el asenso del fascismo al poder en sus facetas personales y sistémicas, recuérdese a Hitler en Alemania, Mussolini en Italia, y en nuestra experiencia directa, el catastrófico desenlace de la Revolución Mexicana que consagró la instalación de una dictadura de partido por más de seis décadas, y posteriormente ante su desencanto, la convulsión de una nación que desde la transición democrática con un viraje a la derecha nos instaló en el infierno de Dante. Todos estos sentidos nos arrojan al corazón del mundo. En él, Hegel sugiere que el interés de la conciencia particular se confunde con su universal y este es el gran peligro que confrontamos.

Estamos siendo constantemente enajendos por un sistema político que indica el voto como la tesis máxima del progreso político democrático. Creer en ello, es no reconocer que se trata una ilusión de “paralaje” que crea personalidades sociales totalmente adaptados mediante una “educación democrática animal”. Se nos dice que el “no votar” no otorga derecho a quien ejerce su libertad de ser, de exigir a sus representantes lo que quienes si votaron, si podrían demandar. Esto me parece tan absurdo como suponer que si votaste por X y resultó electo Y, el ciudadano no tendría derecho a reclamar su interés frente al electo representante. Todo representante está obligado bajo mandato constitucional a representar el interés de sus co-ciudadanos indistintamente de sus condiciones, relaciones y preferencias política. Del mismo modo, todo ciudadano tiene el derecho de ejercer su libertad esencial para decidir sobre el destino político de su comunidad. Para quienes niegan este reconocimiento, la degradación de esta idea sugiere, por sí misma, dos aberraciones lógicas: A) Por un lado erradicar la tesis de que todo hombre es un animal político, ¿o sea que quienes no votan carecen de un valor político? B) Se pretende borrar de la memoria de los hombres la fuerza de la sangre, al indicar que estos ya no hacen revoluciones y que el acontecimiento político post-democrático se reduce a una conformidad democrática-electoral. ¿Y como creemos que fueron instalados los grandes valores de lo que constituye nuestra cultura política? Puedo adelantar al lector, no por medio de la caricia retórica y si por medio del sacrificio.

En ambos casos, el cinismo ramplón de no reconocer el valor de la propia contradicción democrática, es una angustia políticamente desorbitada por desconocer el conflicto como el elemento esencial del progreso de la conciencia política y de su historicidad. Tal vez leer a Hegel bastante mucho y no de modo superficial clarifique el sentido del espíritu humano y su encuentro con la verdad.

Otra forma de decir el ser desde esta perspectiva es que se trata de la sombra que proyecta nuestra mediocridad política. Una esencialmente imitativa que habrá que agregar, -entre Platón e Ingenieri, “minimiza al hombre quien está perfectamente adaptado para vivir en el rebaño, reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidos como útiles para la domesticación. Así como el inferior hereda el alma de la especie, el mediocre hereda el alma de la sociedad”. Así, yo te regalo la mía, pues al ser original e imaginativo me des-adapto del medio social que tú defiendes y me entrego completamente a la virtud de un valor ascético más elevado: la verdad, que no depende de la moral social, ni de su mediocre justificación….

Y a todo aquel niño que resistió el embate de la alienación, le celebro, invitándolo al fuego de los gigantes. Nietzsche te aguarda en el centro de la hoguera, en la casa del ser.

Xaus Kahal® (Todos los derechos reservados)

(Aún así se concede al usuario común la libertad de compartir, este ensayo por medio de todo tipo de redes sociales, sin fines de lucro y reconociendo en todo momento la autoría original).

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