# El resplandor

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I. La puesta en escena

Uno de los más ingentes relatos históricos que subsisten hasta nuestros días es aquel que da cuenta del intercambio entre Alejandro Magno y Diógenes el Sínope. Se cuenta que, tras la conquista de Atenas, estando el joven rey en Corintio se entregó, deseoso, al encuentro público con el patriarca de la vida plebeya. El quínico se encontraba contemplando el sol cuando Alejandro Magno se plantó frente a él y la conversación prosigue más o menos de la siguiente manera: -Soy Alejandro Magno.

-Y yo Diógenes el kyon.

-¿Por qué te llaman Diógenes el kyon?

-Porque alabo a los que me dan, ladro a los que no me dan y muerdo a los malos.

-Pídeme lo que quieras.

-Oh gran Alejandro, sólo una cosa te pido.

-¿Cuál?

-Quítate que me tapas el sol.

-¿No me temes?

-Gran Alejandro, ¿te consideras un buen hombre?

-Me considero un buen hombre.

-Entonces ¿por qué he de temerte?

-Silencio a todos ustedes, y escuchen lo que les digo, si no fuera Alejandro me gustaría ser Diógenes.[1]

Se tiene frente a sí el semblante de dos personajes míticos. Diógenes el arquetipo del quínico plebeyo y Alejandro Magno el prototipo del gran estadista y conquistador que para efectos de este ensayo se presenta como el cínico.[2] Las albricias que esta representación ofrece tratan, en su forma más genérica, de un desenmascaramiento simbólico de la falsa conciencia ilustrada que prevalece hasta nuestros días. Significa que en la propia reflexión quínica hay un impulso a forzar al ser a recibir el más genuino resplandor del conocimiento por medio de un ejercicio fisionómico-contestatario. Soy Alejandro Magno… y yo Dióegenes el kyon [perro]. Aquí, en una primera etapa de reconocimiento mediante la anulación por analogía, se trata, sin más, del equiparamiento providencial del rey a su mínima realidad efectiva animal. Pues como deja entreverse del infame extracto, el quinismo del Síncope se sabe como un resultado dialécticamente negativo a la apariencia cínica del poder inmediato que se planta elegantemente frente a él. ¿Por qué te llaman Diógenes el kyon? …Porque alabo a los que me dan, ladro a los que no me dan y muerdo a los malos. Diógenes se placea a los ojos del señor del mundo como un paria indómito, incapaz de auto aprehenderse a la racionalidad política de la Polis que Alejandro representa. El poder que en la figura del Magno se interpone públicamente entre el embotado ser y el plexo solar, encaprichado como siempre a la voluntad individual, se presupone como el corazón universal. Buscando ahorrar el riesgo de toda ridiculización pública, persigue desesperadamente la complacencia y el envilecimiento del conocimiento a su servicio: Pídeme lo que quieras. A lo cual Diógenes, que sabe se trata de un mero artificio, tiene que elevar el conocimiento al pathos de la naturaleza divina a la que los reyes imitan: Oh, gran Alejandro, sólo una cosa te pido… Quítate que me tapas el sol. Por supuesto que el sol que persigue el quínico se trata de una naturaleza más excelsa que aquel brillo mundano que el poder ufana para sí. La figura del magno se erige en realidad como una ilusión de paralaje entre la postura de una vida contemplativa y el sol como símbolo genuino del resplandor del conocimiento. Nada se interpone realmente entre Diógenes y el sol, pero para el Diógenes más reflexivo es importante distanciarse del poder para reubicar al hombre en su realidad más inmediata donde los seres somos abstractamente libres del dominio político. El hombre, es decir Alejandro, vuelto a sí en rivalidad con la fuerza del cosmos se abre a la incertidumbre de una vida liliputiense, carente de contenido esencial que sólo puede aspirar a conocer lo que el flaneur de su existencia le ofrece en su tiempo. Vuelto hacia la crítica de su propia representación, pero incapaz de negar su existencia, el emperador externa la futilidad del poder sometiéndole a la mediación del saber como lo genuinamente verdadero y vigoroso: Silencio a todos ustedes, y escuchen lo que les digo, si no fuera Alejandro me gustaría ser Diógenes. Y lo que con esto se dice es que toda diferencia entre uno y otro está plenamente negada. El Magno ha sido ilustrado.

¿Acaso será posible arrancar de éstas primeras reflexiones una crítica racional de lo que es irracionalmente político? Desde ésta perspectiva, la desnudez radical del pensamiento fisionómico de Diógenes se realiza como una circunspección de la verdad desde sus elementos más irracionales que apuntan a una totalidad por sí misma resguardada bajo la armadura de la ironía. Hay suficientes motivos para reconstruir desde esta pequeña escena una crítica fisionómica de nuestro tiempo político hecha de muecas y gesticulaciones destinada a insuflar nuestros desalentados pulmones críticos. El refugio de la ironía se presta a la oportunidad de resaltar el carácter irónico de la crítica como un baluarte necesario para nuestra generaciones y las venideras.

 II. El árbol de la ironía

 Un Hegel inflamado en contra del romanticismo alemán puede constatar en sus lecciones estéticas que la fuerza dramática de la ironía resalta por la exposición de sí misma a la auto aniquilación:

[…]cuando el artista no representa únicamente la obra de sus acciones, sino que también realiza una exposición exterior, sucede que en esta perspectiva que lo irónico, el cual ha sido tomado como divino –es decir, lo genial-, se expone a sí mismo. Es decir, expone su auto aniquilación. La nulidad de aquello que es tan grande para el hombre, que tiene una dignidad, implica que no se tome en serio lo ético, lo religioso, que ello se refute absolutamente, que se anule.[3]

La indagación de Hegel resalta por dos posiciones. Tanto por la polémica negación de éste a Fichte, Schlegel, Tieck y Novalis, por incluir la ironía como objeto del arte, la cual excede el interés de esta argumentación. Como también por el despliegue que Hegel le reconoce por su capacidad para «anular» la dignidad ideal de aquello que se expone, con el peligro de aniquilarse a sí mismo. En su más hondo calado, siguiendo la semilla de Hegel y sin estar con él a la vez, es necesario aclarar que lo que por medio de la ironía se pretende aniquilar no es el sujeto en sí, sino el mundo de la falsa conciencia ilustrada como tal. No es de extrañar que la Crítica de la razón cínica de Sloterdijk, la obra más importante en el género a debate desde la segunda mitad del siglo XX, inaugure el apéndice ideológico del siglo XXI, ya desde 1983, recapitulando la misión de Los baños de Lucca de Heine: «[seguir] la profunda idea de la aniquilación del mundo, [sobre la que descansa la gaya ciencia… y que en ella, como en un árbol maravilloso fantásticamente irónico, surjan, en el floral adorno de sus pensamientos, nidos de ruiseñores cantarines y monos trepantes».[4] Detrás de tan mordaz audacia, se anuncia que en la mediación de la ironía se es capaz de develar la apariencia de las cosas por medio de la destrucción simbólica del mundo.

Todavía en Hegel, la ironía se trata únicamente de una determinación concreta destinada a demostrarnos «[…]sólo lo verdadero, lo que es la idea, la idea que [precisamente] no está ya en la contingencia que es la pasión humana, pero que todavía no es lo supremo, pues es puramente negativa».[5] Pero el carácter genuino de la ironía en su acepción más moderna es la develación de los encubrimientos culturales forjados por los impulsos cínicos. El mismo Sloterdijk, quien se asume como un genuino heredero de la tradición quínica de Diógenes, da testimonio de lo que únicamente el quínico entiende:

Sólo una desnudez radical y una carencia de ocultaciones de las cosas nos liberan de la necesidad de la sospecha desconfiada. El pretender llegar a la «verdad desnuda» es uno de los motivos de la sensibilidad desesperada que quiere rasgar el velo de los convencionalismos, las mentiras, las abstracciones y las discreciones para acceder a la cosa. Y tal es el motivo que me mueve.[6]

Mor de estas reflexiones, la ironía del quinismo se sostiene como una aparición fenomenológica capaz de volver al hombre dentro de sí por medio de la reflexión de su desnudez más radical frente al otro. En la crítica  irónica no hay nada fluctuante ni inseguro. De que otro modo se entiende que Alejandro recule sobre su existencia para dar lugar al deseo de florecer en la identidad de Diógenes, o mejor dicho que Diógenes florezca en él: Silencio a todos ustedes, y escuchen lo que les digo, si no fuera Alejandro me gustaría ser Diógenes. Con el florecimiento del deseo de Alejandro se demuestra, en su forma más universal, la aniquilación simbólica del mundo político realizada por Diógenes como el fin último del quinismo. En su mediación se ha logrado volver al hombre a su desnudez más radical del modo siguiente: el estadista se convierte en algo nulo para el Magno, y el ser, mediante la negación de su propia identidad ha sido ilustrado.

III. Ilusión de Paralaje

Si todavía algún hombre se asumiera como quínico y osara batirse en duelo con los falsos ídolos de nuestro tiempo, deberá mirar muy arriba en dirección del sol de Diógenes sin temor a ser cegado por su resplandor. Si de alguna manera lo que la crítica irónica pretende es la aniquilación simbólica del sujeto político capaz de volver a los hombres a su desnudez más radical, la mirada más radical debe traspasar la nube del milieu ideológico en el que se desarrolla la escena de Diógenes y Alejandro Magno. Traída a nuestro tiempo se trata de una forma de indagar nuestra situación contemporánea.

Entre un nuevo Diógenes y un nuevo sol, como representación de un nuevo tiempo político, se interpone un nuevo Alejandro Magno y entrambos una masa nebulosa equidistante. Hablamos en primera instancia del reconocimiento entre pares de dos posiciones extremas que se tocan: el quinismo de los herederos de Diógenes y el cinismo de la falsa conciencia ilustrada de nuestro tiempo. La crítica ingeniosa de Sloterdijk les retrata de la siguiente manera:

Desde lo más bajo, es decir, desde las inteligencia urbana y descalsada, y desde lo más alto, es decir desde las cumbres de la conciencia política, llegan señales del pensamiento formal, señales que dan testimonio de una ironización de la ética y de las conveniencias sociales; algo así como si las leyes generales sólo existieran para los tontos, mientras que en los labios de los sapientes se esboza esa sonrisa fatalmente inteligente. Dicho de manera más exacta, son los poderosos los que sonríen, mientras que los plebeyos quínicos dejan oír una carcajada satírica.[7]

Habrá que agregar que a la luz de nuestro tiempo este esfuerzo por el reconocimiento de las situaciones extremas no se agota en los dos personajes. Entrambas leyendas yace una situación del medio, también extremo, carente de impulsos positivos, en cuya densidad se urden todas las coyunturas políticas que dan lugar a nuestra indefinición política general. En su desplante más universal, hablar de un medio extremo es reconocer en éste el signo de lo monstruoso que se anticipa como una catástrofe: «Lo monstruoso viene hoy del medio extremo».[8] Pero todo aquel que desee apreciar con mayor claridad el espectro de lo monstruoso debe de respirar su aroma hasta reconocer los agrios vapores que brotan en nuestro presente, como recuerdos de los eternos retornos de lo reprimido que hoy se esparcen volatilmente ante la indulgencia de lo post.

Mor de la situación histórica presente, ninguna indagación seria sobre el talante posmoderno del siglo XXI pasa por alto su caracterización como una era post-ideológica. Cuña que retrata el espinoso secreto: hay algo después de. No hay nada más ideológico que esto. Y no hay indulgencia más naif que la falta de conciencia que encierra su existencia a tal contenido. Ya la propia sentencia post de nuestro tiempo empala a los hombres a vivir dentro del desamparo de una inmoralidad abierta donde todo, excepto contemplar el resplandor del sol, es permitido al hombre. Dicho de esta forma, la época post-ideológica se presenta al hombre como una caricaturización de su eclecticismo  que resalta por su falta de inteligencia y su mediocre conformidad. Así, debe entenderse que lo post se perfila como una nube gris de donde brotan los agrios vapores de nuestro tiempo.

Tanto el nuevo Diógenes como el nuevo Alejandro Magno tienen conciencia de ésta situación del medio extremo y justamente por esto, en la plaza pública -entre la bulla-, mediante el desplante de sus teatralidades extremas, ambos son capaces de establecer un reconocimiento dialógico entre pares. Uno donde la situación del medio ha sido excluida: …Soy Alejandro Magno, … y yo Diógenes el Kyon.

Bajo el árbol de la ironía el quínico reposa y frente a él, la antítesis de Diógenes se placea en la estéril estepa cínica, sonriente frente a nuestros ojos, como un cartel del personaje Iskander Harappa de Rushdie:

[…] de pie en primer plano, con un dedo que señala al futuro, siluetado contra el amanecer. Sobre su noble perfil, el mensaje ondula: de izquierda a derecha, formas doradas que se despliegan. Un hombre nuevo para un siglo nuevo[…] El sol se levanta rápidamente en los trópicos. Y, brillando en el dedo de Isky, hay un anillo de poder que refleja el sol[…] El cartel es omnipresente, pegándose por sí solo en los muros de las mezquitas, cementerios, casas de putas, manchando la mente: Isky el hechicero, haciendo surgir el sol de las negras profundidades del mar.[9]

Y entonces brota una carcajada que cimbra todo a su paso… El kyon está listo para morder…

El trabajo del quínico tiene por objetivo último provocar el despertar de la conciencia del medio extremo de la hipnosis que durante generaciones ha alimentado al fascismo y todo tipo de fascinaciones psico-políticas. Apartarle de la seducción del falso brillo dorado del anillo de Isky mediante su desenmascaramiento.

Sloterdijk, acertó al indicar que la verdadera subrepción del cinismo se esconde bajo el ánimo pragmático de su instinto de supervivencia: «Saben lo que hacen pero lo hacen porque las presiones de las cosas y el instinto de autoconservación, a corto plazo, hablan el mismo lenguaje y les dicen que así tienen que ser las cosas».[10] Pero en el nuevo paisaje neocínico del siglo XXI debe añadirse que, ya no se trata de una clase rodeada de discreción, incapaz de mostrar su verdadera desnudez,[11] como todavía lo fue el falso espíritu cínico al final del siglo XX. Hoy, nuestra situación se ha agravado; los puentes entre los saberes de arriba y los de abajo se estrechan cada vez más y la plástica cínica se goza en el pleno de la exposición pública sin temor a ser el objeto de la burla y la atención de la doxa. Desde la izquierda y la derecha, sus falsos brillos se despliegan y la pantomima de los cínicos es puesta en escena.

Tal como lo hacía Diógenes imitando a su cuadrúpedos compañeros. Es tiempo de mear contra el viento idealista. Si hoy en día todavía es posible decir algo más al respecto, es porque el cinismo comienza a salir de su enmascaramiento con paso lento pero seguro. En el curso de la segunda década del siglo XX, bajo su sombra ha logrado exponer a la masa del medio extremo a las turbias profundidades de una banalidad inaudita; donde la dignidad humana es enterrada en cada exposición mediática y las sociedades se polarizan. Los cínicos han salido del closet y los hijos del dictador Iskander se reproducen. Todos los países tienen sus nihilistas. Francia nos dio tempranamente un Sarkozy y México consolidó la haute cutre del candidato on demand con Peña Nieto. A lo ancho del orbe las derechas pragmáticas resurgen. En Argentina un Makri; en Brasil una vilipendiada Ruseff es destituida y la izquierda acorralada; y en nuestro vecino del norte, dos candidatos, ultraconservadores y liberales, luchan cómicamente por la silla imperial.

Donald Trump y Hillary Clinton son un ejemplo paradigmático de la plétora del falso brillo dorado del mensaje cínico que ondula de izquierda a derecha: we have arrived and have no intention to leave. Trump, quien entiende mejor que nadie que sin riesgo no hay éxito, se placea gloriosamente como un Playboy. Bajo la aurora del lacónico slogan «Make America great again», se consolida políticamente como un verdugo neocínico bajo un discurso que se alimenta del odio y el no reconocimiento a la dignidad humana, convirtiéndose en un vivo espejo de la frivolidad de las élites que sonríen sin perder la postura. Lo que nos demuestra que en el fondo de todo gran ideal hay también algo grotesco. Se postra como el Magno, estilizado mediáticamente, como un falso sol sobre el medio extremo; como la divinidad a la que la historia debe volver para florecer bajo su arco. Y yo me pregunto, ¿pero qué está naciendo sino una oscura vorágine fascista?

Clinton, la conejita predilecta por los banqueros de Wall Street; bajo el lema «Hillary for America» nos dice todo lo contrario a lo que presupone. Se ofrece perversamente en sacrificio como la antítesis de la vida desnuda. Como un ser derrotado antes de tiempo para saciar la sed del morbo democrático en un tiempo de desilusión y desde su libación consagrarse como el alma del mundo con el fin de ofrecer a sus vasallos aquello de lo que se carece. Gorjea magnamente su gloriosa condición de mujer y su honor mancillado como lesiones sociales para encubrir su desnudez. Porta su historia marcada como una herida que muestra abiertamente al público, tal como lo hacía Alejandro Magno a sus soldados después de cada batalla. ¿Pero qué está naciendo, sino el falso brillo de una leyenda mediática vacía de todo contenido político esencial?

Sendos mensajes comprueban la instalación de nuevos desplantes cínico-políticos que se ofrecen como corazones individuales que apuestan por su universalidad y en esto consiste la modernización del engaño político democrático. Su genialidad consiste, y eso también lo sabe el quínico, en una falsedad ética encubierta bajo un halo glorioso que recrea todo lo sustancialmente político bajo la perspectiva de su vanidad. Y el trabajo del quínico demuestra su valía, en tanto mediante la lucha irónica con su adversario resalte lo ético como una forma moralmente necesaria.

El sujeto más desdichado es aquel que, sediento, se mantiene firme y jocoso frente al juego estéril de la ironía cínica. El que persiste alegremente su mirada en el genuino resplandor y no deja cegarse bajo los falsos bríos del poder. Por eso Diógenes, sabe que la apariencia cínica que se postra a sus anchas, es una ilusión de paralaje. Es decir no está donde parece estar; por tanto tampoco donde pertenece. De aquí que se entienda que para aniquilar a su adversario, basta con reubicarlo: Oh gran Alejandro… sólo una cosa te pido… Quítate que me tapas el sol. La moraleja del perro: genuinamente Diógenes ha logrado operar la physis y el logos como una obra plástica en movimiento que nos muestra la realidad sensible a partir de los elementos de juicio y condena como formas de producir un distanciamiento correcto con los símbolos del poder y su ejercicio. Su glosa grosa se ofrece, plena de contenido, como una forma de liberación al resplandor de la verdad que se postra detrás del falso universal político.

P.D. Se corre el riesgo siempre de que algún cínico se proponga mover a un país, como se ha dicho, Moviendo a México, en su más estulto deseo por no languidecer. Y los perros ladran: Quítate que me estás tapando el sol.

 

Fuentes

Hegel, W.F.G., Filosofía del arte o estética, Madrid, Abada, 2006.

Sloterdijk, Peter, Crítica de la razón cínica, Madrid, Siruela, 2014.

Rushide, Salman, Vergüenza, México, 2008.

 

Referencias

[1] El presente diálogo forma parte del conocimiento popular histórico universal transmitido por los Dión de Prusa. Por lo tanto no existe un registro exacto de la fidelidad del diálogo y todo cuanto pueda decirse de éste queda abierto a la interpretación más subjetiva. Mi interés por presentarlo es para reconstruir una relación ficcional que sirva al efecto de construir el objeto crítico del ensayo.

[2] Quínico y cínico: se trata de dos tipos de cinismo distinguidos por la lengua alemana y retomados por Peter Sloterdijk. El quinismo se refiere al movimiento  filosófico de la inteligencia plebeya y desclasada heredera de Diógenes el Sícope. Por cinismo, se entiende la expresión inmoral del pensamiento formal de la élite política de nuestro tiempo. id. Peter Sloterdijk, Crítica de la razón cínica, p.38.

[3] Hegel, Filosofía del arte o estética, p.93.

[4] Peter Sloterdijk, Crítica de la razón cínica, p. 31.

[5] íbidem. p.97.

[6] Peter Sloterdijk, Crítica de la razón cínica, op.cit. p.30.

[7] íbidem. pp. 38-39.

[8] Peter Sloterdijk, Sin salvación, p.99.

[9] Salman Rushide, Vergüenza, p.247.

[10] Peter Sloterdijk, crítica de la razón cínica, op. cit. 40.

[11] cfr. Peter Sloterdijk, Crítica de la razón cínica, pp.43.

Autor: Xaus Kahal, todos los derechos reservados.

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