# Ensayo sobre la ira

Böcklin-Autoretrato

Soy la miasma del cosmos que resuena en la psique del hombre como un meningioma. Primero, sonoramente como el desgarre de un octabajo que anuncia una fatal perturbación. Vibro cacofónicamente de un modo tan inquietante capaz de encender los átomos de las emociones más lóbregas, hasta corromper su materia en cenizas brazas que se encaraman por tus cálidas venas como monzones del Apocalipsis que hierven la sangre.

Con sus cuerpos de lava, mis mostrencos hijos conculan mi castrum sobre tu ser como un pantalán de barriquerías que poco a poco corta terreno a ese basto océano metafísico en el que nunca me atrevo a mojarme los pies, ni por error, por temor a desvanecerme. Montado sobre un bajel de fuego, navego por tu torrente en detritus inagotables; basta la más mínima pulla para que mis calandrias beodas acudan en mansalva hasta sulfurar tu desvaído ser abriendo mi paso entre estertores. Escucha el gorgear de mis jurginas que perjuran de su ronco hocico frenéticos petardos como gaitas mal obradas por infantes traviesos. Siente las crispadas caricias de mis tres lángaras rameras que apiñan sus garras sobre tu lomo animal. Revuélcate como un Kyon y muéstrate electrizante, tal como eres.

¡Mírate! Todo tu cuerpo sonrojado sucumbe al aojo de mi conmina, como una fiera destellante que al crujir de mis puños escoda la piel de sus pitones hasta enloquecer moscona. Tiende tu aciago cuerpo de cordero desnudo sobre mis negras praderas, pecho al cielo, y a mi llamado asciende fastuoso sobre tus enemigos. Sabes criatura mía que basta tu plea para excretar mi atizado arte de roña y hollín, y tupirlo sobre Kore cual artizado cupido en San Valentín. ¡Es mío el país de los idiotas!

¡Oh caterva de huesos raídos, acopio de órganos decrépitos!, es tuyo el signo de un espírutu sin vértebras. Por las arterias de la vergüenza derramo mi fuego punzante sobre tu carne en libación a nuestro connubio animal. Subrepticiamente, a lo ancho de tu hades me despliego aquí, en mi recinto central, como su genuino soberano; y como un monstruo me ufano, más allá, sobre la acritud de todas las cosas que me son ajenas. Vulpinos son mis soldados plañideros que se amamantan del espesor de la leche de lo abyecto y de agramasa cruda de oscuras emociones. ¡Oh, bendito tú!, ¡hombre mediocre! que te repites eternamente. No falta el día en que tu mohíno ser traiga a mi mesa el pan de cada día como un jumento de carga que trabaja lealmente sin conocer fatiga ni destino. Y yo tu amo y señor pudiente, por que te puedo, tan ingrato como siempre, te ofrezco en adehala todo tipo hipómanes: leandras de calaña ponzoñosa por frescos pastizales; y escupitajos de tulio a metralla por hojas de tilos que se entregan en reverencia.

Y tú presa de carga tan idiota y sin dignidad, sin tan sólo tuvieras el valor para dimitir.

En breve soy… fulminante.

[FIN]

Xaus Kahal® Todos los derechos de la obra escrita son propiedad del escritor.

[Imagen: Arnold Böcklin, Autoretrato con la muerte tocando el violín,1872]

 

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