COVID-19: Wunderkrammer

I

Era el siglo XVII y todavía recuerdo las primeras impresiones del taller de Olaus Wormius, el que fue para mi el primer jardín del edén: especímenes disecados de todos los rincones del mundo (Ursus maritimus, ursus arctos, spheniscidae, odobenus rosmaros,varanus komodoensis rinoceris unicornis; otros tipos de aves, insectos y morfos atípicos a su tiempo y extintas ahora). También especímenes vivos como el pinguinus impennis o alca gigante, como le conocemos en el español corriente, caminaban libremente por el cuarto de las mil maravillas, entre jardines colgantes, pequeños arrayanes, orquídeas salvajes y otras floraciones botánicas; piedras de lava, amatistas moradas y obsidianas. Todos estas, excentricidades de una inenarrable belleza.

Nuestra interpretación de la historia natural depende enteramente de una ética de variedades. Un jardín es distinto de un nicho ecológico porque ha sido intervenido por la mano del hombre. En esta pequeña bóveda, ocurría, por intervención humana, una ética bestial donde todo es nivelado a la planicie de lo semejante. ¿O qué no es la ética de acuerdo a Aristóteles un ejercicio de semejanza?. Todas las especies animales y botánicas aquí sitiadas se corresponden en un tiempo desfigurado por la vanidad de lo visible. Aquí, interviene el mito de la nova sapiencia que ha aprendido a separar la naturaleza abstracta de la naturaleza viva, y esta de la íntima naturaleza inerte como un mero registro de su propia especulación: el hambriento depredador se confunde con la frágil proximidad. La serpiente destinada como presa ya no puede ser descubierta por el águila americana, el ojo está presente pero no la mirada aguda y veloz. Sonoridad suspendida: el rugido del guepardo no asusta a la majestuosa lechuza que se postra a unos tantos metros de la guarda del tronco de abedul. Toda la profundidad de la vida se agota en mera apariencia. Todo es presencia sin ser… Pero para el hombre hay formas de vida que pueden ser reproducidas, hay información.

En esta Wuderkrammer el orden de todas las disposiciones se reproduce artísticamente desde una estética de la imitación, no de la naturaleza, sino de nuestra fantástica imaginación donde ya no hay reciprocidad. No hay animales… hay cuerpos, armazones y hechos para el regocijo del hombre. La ciencia es contagiosa, como la risa. Numerosos artefactos de medición astronómica, globos terráqueos de un mundo indefinido, como instrumentos de disección y artilugios de decenas rincones del mundo acompañan este recinto de la naturaleza en suspenso que, por momentos, se extravía en la artificialidad maquinal que le resguarda. Signos numerales y matemáticos dan fe de la consistencia de este proyecto histórico. La ciencia juega a la revelación del secreto de la autopoiesis por medio de la contemplación metódica y la experimentación, pero con ella se aleja cada vez más de la verdad, como el niño que corre con su diminuta lupa detrás de los pies de Gea, dejando detrás el lenguaje de los primeros hombres. ¿De qué otro modo podría el antropos asirse del conocimiento de la naturaleza perfecta?

Dentro de la cámara de las mil maravillas: la representación de la vida está organizada en modelos de un mundo abstracto, frontal y futuro donde todo nos está previamente entregado a las generaciones futuras… Nunca olvidaré aquel cuadro, todavía camino dentro de él.

II

Hoy, camino por un sendero oscuro, en tanto soy hablado a través de un tiempo desfigurado por el terror humano. Avanzo a pasos inquietos y trepidantes entre materia fecal y el cuerpo de rescatistas médicos y de atención epidemiológica en el mercado de Wuhan, en la República Popular de China. Decía Lacan que a la realidad no le falta nada, pero a esta más bien le sobra. Ésta es por demás fétida y perturbadora como una fuente brotante de peste y amargura. Los laberínticos pasillos de este antiguo pasaje comercial configuran en la psique de todos los presentes, una dimensión espectral donde todo cobra el nombre de Pan, el antiguo dios griego del horror infinito, extensamente macabro, de la Naturaleza que ahoga la vida en su propia excitación. Los alemanes registran el horror como el signo de lo monstruoso Unheimlich, aquella frontera fuera del hábito de la calidez del hogar. Este horror es un lugar de desarraigo, donde la razón cede a lo incognosible. Aquí, en Wuhan, el registro de la zona cero de este inconmensurable horror, toda la ilustración se desvanece en lo irracional frente en la descripción psiquiátrica del pánico y su patología.

El terror también es inherte a la Naturaleza, la esencia de Pan se mueve en el tiempo en esta nueva y revelada cámara de los mil horrores: Chiropteras, paradoxurus hermaphroditus, crocodylidae, equus africanos asinus, Struthio camelus, phascolarctos cinereus, son tan sólo algunas de las bestias que en el mercado inframundo de Wuhan se mostraban en cautiverio para el goce de sus cavernícolas depredadores homo insapiens insapiens.

En este mercado de variedades lo que se oferta es la inhumanidad. La naturaleza inerte, resulta más viva que nunca, no está emplazada bajo ningún modelo de abstracción, ni aislada bajo ningún criterio de observación científica. Ninguna lógica de imitación estética. Quienes compartimos este escenario y transitamos por los grises pasillos nos hallamos suspendidos dentro un espacio-circundante sin mundo, ni disposición cósmica… Un abismo sin ritmo, una vida desgarrada sin sacralidad donde todos nos miramos como lobos aullantes en una noche sin luna.

Aquí la vida se apiña y se desborda, una especie sobre otra por la mano del hombre, como un mero registro material del capitalismo en su salvaje esencialidad. Los cuerpos son potencia y la vida en sufrimiento mercancía. La gula es su pecado capital.

La disposición de los cuerpos en el espacio está marcada por el presagio de Pan. Naturaleza muerta por todos lados. Esto es un ecocidio. El hombre, venido a menos salta hacia atrás, de depredador a presa de un predador, etéreo, invisible. Todo se desborda ciegamente en ira apocalíptica. Pan no quiere nada de ti. No hay crimen ni castigo, ninguna justicia vindicativa. Todo es retaliación. Son los tiempos más sagrados. Quien camina entre estas cámaras tiene que aprender a vivir lo indecible a través del euphemein. El shofar llama a la ética apocalíptica que todo lo asemeja. Mujer-hombre y cordero por igual.

Ahí yace un cuerpo. El cuerpo de un niño mutilado por la rapiña. No hay víctimas ni verdugos, sólo cuerpos. ¿Quién puede hablar por el cuerpo? Un pulmón tose. Una nariz estornuda. Un primate se sacude, agitado. Una boca llora. El tigre convalece con las víceras abiertas. El rescatista que camina a mi lado balbucea. Aquí no hay lenguaje. Por todos lados busco, entre la náusea y el vómito, y no encuentro la humanidad… sólo impotencia… Toda explicación se diluye en lo irracional.#

III

12 años atrás se desató la epidemia del COVID-19 en el mercado de Wuhan. El contagio se diseminó y devino pandemia. Insania loquitur rasó la tierra. Las naciones del mundo se alarmaron. Las bolsas mercantiles que, durante tanto tiempo inflaron con el vaho de la especulación de la vida, cayeron por su peso timótico.1 Todo el tiempo se consume en ira. En la frenética exaltación mediática, políticos y heraldos enloquecieron. Sin metáfora, sin poesía, todo lo eterno se consume como la codorniz que hierve bajo el vino brotante en la vieja cazuela de barro. ¿Quién dijo que los pensamientos y los deseos no pueden desangrarse? Escucha la voz del animal.

En este tiempo ya no hay lugar para los grandes tratados. Hoy únicamente puedo informar, con la piedra de lava en la mano, fragmento de un reino olvidado. La esperanza en la triada filosófica Dios, el hombre y el mundo es un vestigio de otro tiempo donde el pensamiento es una densidad. Las lecturas reparadoras, las charlas extasiáticas, los silencios sagrados, fueron todos estos los síntomas de una vida potente de la que ya no se puede decir más.

Hace tiempo que los nuevos titanes scientia y progressus devoraron a los antiguos dioses. No tardaron en llegar-a-ser vanidad y distanciamiento por la vida. Voluntad sin poder, medios sin fin.

Aquí, caminan los hombres sobre la tierra espinada, angustiados, como ovejas trasquiladas huyendo de la mirada del lobo. Mitos y cantos son dejados de lado por el asecho y el llanto. Donde no hay compasión todo es dolor. Somos todos hombres sin obra. La vida se dilata en el cuerpo, se existe en la demora del llegar-a-ser. El fin es el único anhelo…

*

  1. Thymos

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