La filosofía del abismo

Data Cicerón que el oficio del filósofo es un acto de increíble modestia atribuido nominalmente a Pitágoras. Registran los anales de la memoria que, alguna vez, un hombre que no quiso ser confundido con los sabiondos de su tiempo (sofistés) optó por excluirse de los más idiotas convencionalismos …justamente para dar lugar a otro. Ustedes saben de cuáles hablo, de esos tipos presuntuosos y aburridos que presumen saberlo todo y lo que no saben lo inventan. En un voto de pobreza, Pitágoras prefirió ser llamado un filósofo. Aquel que, indica, es movido por un profundo amor al conocimiento. En esta temprana noción el afecto está unido a la intención de conocer como una disposición que marca el ímpetu y el paso a través del cual el ser transita a su propio reconocimiento. Alguna razón tenía Aristóteles al sugerir que la labor del filósofo está desplazada por una actitud de asombro ante lo desconocido. La filosofía era ya, desde entonces, un acto erótico. Bien podríamos llamar a este acto primigenio la voluntad de saber.

Tempranamente Platón, cargado contra los sofistas definió la labor filosófica que disputa la realidad, entre aquellos que se aferran a la materia o a las formas, como una titánica lucha alrededor de la sustancia, «[…]gigantomachía perì tês ousías». La labor del filósofo supo ordenarse como una lucha de perspectivas sobre la realidad y el mundo inteligible en torno a un tipo de sustancia que devino concepto. En todo caso, los antiguos, (magistralmente Sócrates como ningún otro), nos hablaban de los conceptos como brújulas morales de un tipo de vida consciente. Hablaban porque el diálogo era el primer y más importante vehículo de transmisión del conocimiento, como no lo era todavía la gramática.

Hasta este punto, la filosofía procuraba el ingreso voluntario, aunque su ascenso fuera meritocrático, de los individuos al medio de un iluminismo racional que pronto devino en un trabajo disciplinar con aspiraciones universales. Hablamos entonces de un perspectivismo racional, aparentemente lógico que recurrió a la firme sociedad con otros saberes para ordenar la producción de sus conceptos. Muchos olvidan que, la filosofía, cobró un valor central en la educación porque era la fuente de acceso a la mediación de la psique, particularmente de los conflictos y tensiones permanentes entre las otras dos partes del alma: timótica y apetitiva. Sí, de acuerdo a esta antigua visión somos un conflicto psicológico, representado, curiosamente, por el símbolo geométrico de la perfección. Lo que se percibe como una unidad es en realidad una síntesis de sus equilibrios. Razón por la cual la filosofía recurrió, por necesidad, a saberes fundamentales como la geometría y la gimnasia que representaban las dos realidades sensibles y suprasensibles armonizadas en la región del ser. Decían los pitagóricos soma sema para referir que el cuerpo es la tumba del alma. Sólo la mente iniciada podía dar cuenta de la profundidad de esta sentencia.

Ahora resulta que la geometría es relevante. La filosofía como disciplina también comunicaba un tipo de eidos forma. Su disciplina se estructuró en una cuadrafonía filosófica: preguntas, premisas, conceptos y categorías, eran los esquemas necesarios para el desplazamiento metódico de un pensamiento novedoso. Siguiendo el argumento de la preponderancia, el cultivo del cuerpo también lo fue. La templanza, el autocontrol comenzaba por el eje del cuerpo, su sana nutrición y su fortalecimiento. La filosofía descubría al antropos y su ser como una región de experimentación modelada por el ensayo, el error y su aprendizaje que descubría una densidad existencial de la que la vida no puede dar cuenta por sí misma. La filosofía domestica. Los antiguos parecían comprender claramente que a la luz de estos hallazgos, todos las demás apuestas del conocimiento de no ser aplicadas a una transformación psíquica profunda podrían ser contingentes y accesorias.

Tanto para Platón como para los herederos de la escuela de stoa (estoicos), la filosofía era también askesis para la muerte. Es decir, una práctica cotidiana de elecciones y decisiones fácticas que a través del ejercitarse a sí mismo, en cuando menos cuatro virtudes cardinales, nos enseñaba al buen vivir al modo en que preparaba a sus participantes para morir dignamente. La actitud heroica del hombre en el mundo hostil formaba parte del antiguo, pues se comprendía el carácter trascendental de nuestras acciones en nuestra descendencia y su devenir histórico. El Bien como idea suprema se expuso como la fuente común a todos los seres. Razón primordial por la cual la política y su pensamiento han representado la aspiración y cumbre de toda filosofía pues el alma colectiva prosigue de la triangulación de tres formas de vida necesarias para la articulación de una idea mínima del bien común: la contemplación, el placer y la política.

De ahí las producciones filosóficas occidentales prosiguieron múltiples caminos marcados por la interpretación de los fenómenos humanos a la luz del claro de la razón, siempre como un relato de la subjetividad ordenados cuando menos en regiones metafísicas, morales y epistemológicas que sirvieron como el fundamento para las ciencias humanas. Pero en esta narrativa hay algo que se extravía. Se trata de la vida interior de la filosofía como una historia de sentido espiritual la que es silenciada en el orden del discurso occidental. En la evolución de sus narrativas y tradiciones, como parte de la historia de la filosofía, se fue desvaneciendo la reflexión espiritual de esa profunda región de la que antiguamente se quería resaltar en la mención del ethos.

Si los antiguos griegos pudieron estructurar un discurso filosófico, es porque anterior a la donación del logos en Occidente hubo un registro que los antiguos conocieron como el signo hieroglífico que daba cuenta de un enigma y su sentido únicamente accesible para el iniciado. En el intercambio entre las culturas griegas y egipcias, decían estos últimos que en realidad fueron primero, que lo que los helénicos denominaron como conceptos era en realidad la envoltura de una cifra que descubre al iniciado en una densidad de acontecimientos excepcionales, contingentes, discordantes, aleccionantes… para los cuales la filosofía es parte de un proceso de reconciliación de los cosmos interiores y exteriores. Esto interpreto cuando alguien como Agamben afirma «La filosofía no es una disciplina, la filosofía es una densidad». Es decir, un abismo por cuyos caminos se manifiesta la auténtica iluminación.

La auténtica misión filosófica es casi un culto mistérico que exige una participación iniciática y votiva ordenada por una compleja relación entre el pensamiento y su secreto. El iluminado tiene que cegar la vista, perder los ojos en la irradiación del fuego de la ignorancia ante la promesa del advenimiento del peligro y su recompensa. En un mito milenario del antiquísimo Egipto, Horus perdió la vista en su primera lucha contra Seth antes de reconstruirse con la magia y el encantamiento de la diosa del amor para emerger como el soberano del mundo. Las regiones de lo trascendente y lo inmanente que ordenan los mundos de lo inteligible y lo visible están separados por la profundidad de ese abismo que somos nosotros mismos. Quizá el amor sea lo único que pueda mantenernos unidos en esa extraña simulación de la muerte que es el acto del pensamiento y de la cual la filosofía nos dice mucho si aprendemos a meditar en el más profundo silencio. Pues si la filosofía está signada por el amor al conocimiento, habría que comenzar por el amor al conocimiento de uno mismo que se descubre en el amor propio y por el prójimo como parte de una unidad.

[Imagen: Giorgione, Los tres artistas, (1505-1509)]

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